lunes, 27 de junio de 2011

Una tarde y una noche en el parque

Una tarde de fin de semana en el parque Washington puede ocurrir cualquier cosa. Ubicada en la cuadra seis de la Av. Arequipa, una de las avenidas, más transitadas y caóticas de Lima debido a la alta concentración de líneas de transporte, el parque Washington es el centro de distracción para la mayoría de jóvenes y parejas que pasan un buen rato caminando o viendo las pintas en una casa ubicada en una esquina, cómo las tribus urbanas se reúnen en el centro para dar a la deriva sus encuentros semanales, cómo la gente ocupa las bancas del parque o decide hacer cola para ingresar a una importante e ilustrativa exposición en el Centro Cultural España. La cola es interminable. Las personas que oscilan entre diecinueve y cuarenta años esperan ingresar al Centro en pleno ocaso, pero en el otro plano de este parque, como ya se dijo anteriormente, mientras unos pasan el tiempo viendo una exposición, un grupo de jóvenes “marginados”, según ellos, por una sociedad que los estereotipa, despiertan de la soledad y dan a conocer su sociabilidad con personas contemporáneas con ellas, que poseen los mismos gustos y tienen la misma moda: los emos.

En esta ocasión, la frase “raras veces” está excluida, y no basta con que llegue el fin de semana para verlos. Los emos se reúnen en el parque Washington a partir de la tarde como para matar el tiempo, hablar con su propia tribu urbana acerca de su vida, de sus problemas familiares, de un amor de género romántico, de música, de bandas que ellos mismos escuchan y se sienten identificados con el ritmo, claro, mostrando esa confianza que existe en una tribu y más que una botella de licor camuflado por una bolsa negra.

“Me vacila mucho varias bandas”, dice un chico, mientras una pareja de la tribu conversaba sentada en una banca, “ahí están… como…”, y empieza a nombrarlas. Ya al caer la noche, más de un emo, sea hombre o mujer, trae más de una botella de licor, y más de un trago, pero eso sí, siempre escondido en alguna bolsa de color, preferible negra o de supermercado, pues ellos mismos saben que está prohibido tomar alcohol en plena vía pública, y además, saben que el llamar la atención tanto a las autoridades policiales o de serenazgo como a los transeúntes comunes, les puede traer más de un serio aprieto, y casualmente, en una noche ocurrió. La policía que cuidaba la zona y el serenazgo que patrullaba en una bicicleta, los sorprendió tomando.

“Ya, ustedes, largo de aquí”, dice un policía agitando la macana cerca de ellos. Solamente agitándolo, mientras el personal de serenazgo y dos policías más decomisaban las botellas camufladas y hacían retirar a los jóvenes del lugar en donde estaban reunidos, separándolos y esparciéndolos en cada esquina. Más tarde, luego del incidente, las mismas autoridades comenzaron a vigilarlos para que no puedan reunirse a tomar. A pesar, de que los policías se mostraron severos y algo soberbios, los emos lucían pasivos en todo momento, desde que se reunieron para tomar hasta que las autoridades los separaron y les retuvieron las botellas de alcohol de forma “pacífica”, sin nada de peleas, sin mostrar resistencia, pero mostrando la vergüenza de saber que así sus bebidas, la policía sospecharía de ellos.

2 comentarios:

hola dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
hola dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.